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viernes, 13 de marzo de 2026

Petróleo. Precios. Inflación. La Guerra

 

(Precio gasolina en EEUU)

La guerra sigue su curso, como era de esperar por casi todo el mundo. Nadie sabe cuándo terminará, ni cuanto se extenderá en el medio plazo. Nadie sabe cuándo ni cómo terminará, incluye a Trump y su cuadrilla de matones desalmados. Pandilla de monstruos descerebrados los llama de vez en cuando Paul Krugman.

El bloqueo de Ormuz puede ampliar brutalmente todo. Unos 20 millones de barriles diarios pasaban por allí. Para hacernos idea de su peso actual debemos tener en cuenta que el volumen del comercio que cruza por allí es más de cinco veces superior al que pasaba en anteriores guerras y crisis del petróleo conocidas.  A pesar de que ahora las economías son más eficientes y consumen menos petróleo por unidad de producto que antes, su dependencia del estrecho de Ormuz es mayor.

Los precios, son uno de los factores que influyen en su continuación. El petróleo en el mercado global está en el entorno de 100 $ barril -tanto el Brent como el West Texas- que son los indicadores o referencias mundiales para todos los mercados. Este precio es el que está impulsando las subidas de multitud de productos vinculados, como gasolinas, gasoil, plásticos, químicos, urea, fertilizantes, ácido sulfúrico -para el cobre-, helio -para chips-, ello repercutirá en transportes, alimentos, fabricación industrial, en la energía eléctrica, por tanto, la inflación -subidas constantes de precios- comienza a asomar. Y la cara dura de los aprovechados, chantajistas que se enriquecerán, por ejemplo, las gasolineras vendiendo petróleo que ya tenían almacenado comprado a 60/70$, como si fuera comprado hoy a 100$. Y los ultras calladitos sin denunciarlo.

Hace días un empresario modelo de los actuales, Roig/Mercadona, pide al gobierno que quite impuestos del IVA a los alimentos, para abaratarlos. Coño¡, más fácil sería que no subieran ellos los precios. Sus enormes beneficios de los últimos años se lo permitirían sin que sus bolsillos lo notaran. Volvemos a oír el silencio de los ultras. Bajadas de impuestos piden las derechas, pero no podremos montar un escudo social para los más necesitados si bajamos recaudación. Pocos impuestos significa debilitar el Estado, quitar poder al Estado pretende dejar nuestras vidas en manos de los ricos, retroceder cientos de años.

Los precios suben en EEUU desde que llegó Trump. La asequibilidad -así llaman allí a la problemática capacidad de compra- está explotando. Los aranceles, sirvieron fundamentalmente para subir precios a los norteamericanos y aumentar gastos en las empresas estadounidenses, que ahora pueden reclamar tras el fallo del Tribunal Supremo. Se han perdido miles de puestos de trabajos industriales, el paro de larga duración aumenta, el mercado de trabajo se reduce por la IA. Ahora los precios internacionales del petróleo también suponen allí aumentos de precios. La derivada económica de la guerra le está quitando muchos apoyos populares a Trump.

 Expliquemos un poco su lio petrolero. EEUU es uno de los mayores productores de petróleo del mundo, -23 millones de barriles diarios, Arabia Saudí y Rusia 11 millones cada uno- con su fracking defendido a capa y espada por Trump – gritaba drill, baby, drill- han conseguido no importar petróleo. Pero, con precios por debajo de 70$ barril no suele ser rentable el fracking, ahora bien, si el precio sube, la rentabilidad de perforar aumentaría. Eso para las empresas petroleras. No pierdan de vista un objetivo colateral de la guerra del que hoy no se habla, el petróleo venezolano, que en su gran mayoría es muy sucio y pesado, siendo hoy muy poco rentable -unos 900.000 barriles diarios- con precios por debajo de 70$. Sus grandes reservas necesitan de enormes inversiones previas para equipos e instalaciones obsoletas, y con precios por encima de 100$ entonces ya sería interesante rentabilizar.

Los precios de combustible en gasolineras, abonos agrícolas, productos intermedios y alimentos en general son tomados en función del precio internacional del petróleo. Es decir, los ricos petroleros estadounidenses se benefician de las subidas, pero la población en general sufrirá la inflación -gasolina en EEUU hoy a 3.54$  frente a 2.92$ hace un mes-  y amplios sectores de los MAGA sufrirán la asequibilidad, los sueños de millones por los suelos, abandonados, sin trabajo, sin recursos sociales rebajados o eliminados por Trump con sus gigantescas bajadas de impuestos para los super ricos, con guerras que les dijeron evitarían y con aumentos de la represión general en las ciudades, además la persecución a inmigrantes roza a millones de americanos. Mientras tanto los documentos del caso Epstein muestran muchas alusiones y fotos de la depravación de aquellos poderosos.

Estos problemas económicos son un factor que puede torcer la mano de Trump, dando valor una vez más a su nominación como TACO. Mientras tanto las petroleras estadounidenses, las industrias de armamento de EEUU y las tecnológicas, se están forrando. Como diría Mao, uno se divide en dos, hacer grande América para los ultras ricos, lleva aparejado otro problema, destroza las vidas de millones de pobres y trabajadores muchos de los cuales son votantes de MAGA, lo cual hace temblar por las elecciones próximas.

lunes, 9 de marzo de 2026

Petróleo por encima de 100$

 


Petróleo a más de 100 $ barril es una señal de alto peligro de generalización y duración de la guerra. Al margen de que implica una probable crisis económica global, con generalizada inflación, subidas de precios en múltiples productos que triturarán las rentas de millones de trabajadores. La guerra comienza a extender su manto global.

Las señales de los 100/120/150 $ barril son importantes, significa que miles de analistas económicos y políticos, de miles de empresas, de centros de estudios y gobiernos, han dejado como resultante de esos montones de análisis una cifra plasmada en un precio. Para ello han tenido en cuenta cientos de factores, tiempo e intensidad de los ataques, capacidad militar y económica de resistencia en ambos bandos, resistencia a presiones sociales y políticas tanto internas como externas, destrozos locales a países de la región o daños globales a infraestructuras suministradoras de petróleo y gas y capacidad futura de sustitución y reparación, tiempo de bloqueo de Ormuz, cantidad de petróleo que pasaba por el estrecho, posibilidades de extensión del conflicto tanto regional como global, posible incorporación a la guerra de nuevos actores, resistencia al destrozo de negocios actuales provocando pérdidas millonarias, posibles negocios futuros con beneficios escandalosos, etc. etc.

Un factor de análisis que consideran en esta guerra es su carácter religioso. Los tres principales protagonistas han introducido en sus esquemas de decisiones el concepto de guerra religiosa. Los tres dicen, y lo dicen públicamente en todos los medios de comunicación, que su dios les guía y les protegerá hasta destruir a sus enemigos. Los altos mandos de los tres y sus comandantes intermedios son guerreros religiosos que nos están llevando a las cruzadas. Los tres gobiernos tienen un gran carácter ultra religioso, dominados/apoyados por las ultra derechas de sus países, y sociológicamente por las ultraderechas mundiales. Sus dirigentes son super machos, anti normas y contra leyes tanto internacionales como nacionales, son defensores del brutalismo, la ley del más fuerte.

Y sí. La guerra armada, militar, podría extenderse más allá de Oriente Medio. Las consecuencias económicas y políticas se están sufriendo ya en cada país, las penurias aumentarán. Los bandos ultras culparán a sus enemigos internos, al diablo, que son los otros, ya están realizando sus campañas locales contra la tolerancia y la etapa de modernidad surgida hace doscientos cincuenta años tras la Ilustración, buscan aplastar toda idea de diversidad, de libertad, de convivencia, de compartir el planeta.

A los países árabes del Golfo -tan ultras sociológicamente como los otros- los está haciendo polvo sus planes de modernización económica, sus campañas de adaptación al turismo y cambios en sus modelos económicos. A Rusia los elevados precios del crudo le pueden venir bien porque aumentará sus ingresos, aunque estén golpeando a sus aliados directos. A China le están cortando sus canales de suministro de petróleo, ayer Venezuela, hoy Irán, lo cual frenará algo su crecimiento. En todo caso se está mandando el mensaje de que pueden actuar salvajemente donde quieran en su área de influencia. A otros países se les está empujando para que construyan rápidamente sus bombas atómicas, único freno para impedir agresiones de matones despiadados.

miércoles, 4 de marzo de 2026

La guerra de Trump contra Irán es ilegal

Transcribo extractado el artículo tomado del blog estadounidense

 ‘The Contrarian’

La guerra de Trump contra Irán es ilegal. 2 de marzo de 2026

Por John Danforth, Norman Eisen, Eugene Fidell, Richard Gephardt, J. Michael Luttig Richard W. Painter

El presidente Donald Trump ha involucrado a Estados Unidos en otra guerra ilegal. Menos de dos meses después de una operación militar estadounidense inconstitucional y no autorizada en Venezuela , Trump ha lanzado una campaña de bombardeos a gran escala contra Irán. Lo hizo con la intención manifiesta de lograr un cambio de régimen (entre otros supuestos propósitos).

Irán ha sido gobernado durante décadas por dictadores crueles que oprimen a su propio pueblo y representan una amenaza a largo plazo para la seguridad de Estados Unidos y nuestros aliados. No derramamos lágrimas por el ayatolá Jamenei , pero eso no significa que hubiera una justificación legal para llevar a nuestro país a la guerra.

 El ataque a Irán es claramente ilegal según la legislación estadounidense. El Artículo I, Sección 8 de la Constitución estadounidense otorga al Congreso la facultad exclusiva de declarar la guerra. Como declaró el Segundo Circuito en Berk v. Laird , «la facultad del Congreso para declarar la guerra, conferida por el Artículo I, Sección 8 de la Constitución, pretendía ser una restricción explícita a la facultad del Ejecutivo para iniciar una guerra por su propia cuenta».

A diferencia de las hostilidades con Irán, entre los casos anteriores en los que los presidentes han empleado la fuerza militar se incluyen varios que fueron claramente —o al menos posiblemente— autorizados por el Congreso. Por ejemplo, la Resolución del Congreso sobre el Golfo de Tonkín de 1964 autorizó la trágica participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam, aunque la expansión de esa guerra por parte del presidente Richard Nixon a Laos y Camboya no contó con la autorización del Congreso. Una resolución del Congreso de 1991 autorizó la primera Guerra del Golfo contra Irak tras la invasión de Kuwait. Una Autorización para el Uso de la Fuerza Militar (AUMF) de 2001 allanó el camino para la guerra contra Al Qaeda, los talibanes y organizaciones terroristas aliadas en todo el mundo. Esta AUMF ha sido interpretada de forma expansiva, quizás demasiado, por cuatro presidentes (George W. Bush, Barack Obama, Trump y Joe Biden) para autorizar ataques contra otras organizaciones terroristas y sus partidarios.

Una AUMF de 2002 autorizó la invasión de Irak en 2003. Esta autorización, si bien se basó en información errónea sobre armas de destrucción masiva, al menos se obtuvo del Congreso antes de que Bush procediera. La AUMF de 2002 también ha sido invocada por presidentes posteriores para operaciones militares relacionadas con la situación de seguridad en Irak.

Incluso ese bajo listón ha sido en ocasiones incumplido por presidentes de ambos partidos. Por ejemplo, el bombardeo de Yugoslavia, liderado por la OTAN, por el presidente Bill Clinton se llevó a cabo sin el consentimiento del Congreso ni la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas . Varios presidentes han invocado las AUMF de 2001 y 2002 para justificar ataques que solo guardan una relación tangencial con los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 o con la situación de seguridad en Irak, que era el propósito previsto por el Congreso para las AUMF.

El bombardeo de Obama en Libia en 2011 se basó en un razonamiento jurídico endeble, incluyendo una referencia a una resolución del Consejo de Seguridad que autorizaba, pero no exigía, la intervención militar para evitar la masacre de civiles a manos del dictador libio Muamar el Gadafi. Dicha operación debería haberse llevado a cabo con una autorización del Congreso, que Obama no obtuvo. Parte del fundamento jurídico fue que no hubo guerra porque las tropas estadounidenses no se pusieron en peligro. El bombardeo de Trump a Irán ya ha causado cuatro muertes de militares estadounidenses y alrededor de una docena de heridos, al momento de escribir este artículo, y el presidente ha dicho que espera más.

En múltiples dimensiones, la guerra contra Irán va mucho más allá de estos casos previos de uso de la fuerza militar e incluso del bombardeo de Irán por parte de Trump en junio. Quienes consideran las violaciones presidenciales previas a la ley como precedentes válidos, en cualquier caso, no comprenden la cuestión. No es posible combinar una serie de violaciones legales pasadas para crear una nueva norma que contradiga el texto de la Constitución. El argumento de que "otros presidentes lo hicieron" no justifica apartarse de los límites constitucionales. De hecho, este argumento es una de las razones por las que los abusos del poder presidencial han alcanzado proporciones críticas.

El ataque no solo incumple la Constitución, sino que también plantea profundas dudas en virtud de la Resolución de Poderes de Guerra de 1973. Dicha ley refleja en la Sección 2 que el presidente puede entrar constitucionalmente en hostilidades solo cuando el Congreso lo ha autorizado o existe una "emergencia nacional creada por un ataque a los Estados Unidos, sus territorios o posesiones, o sus fuerzas armadas". No existía ninguna declaración de guerra del Congreso ni otra autorización legal específica para atacar a Irán, y no hubo ningún ataque contra los Estados Unidos, sus territorios ni las fuerzas armadas estadounidenses. El hecho de que los presidentes hayan eludido esta ley durante mucho tiempo y el Congreso se lo haya permitido no debería restarle valor a su lenguaje claro y su intención.

El ataque a Irán también contraviene el Artículo 2(4) de la Carta de las Naciones Unidas , que prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado miembro. La Carta de las Naciones Unidas fue ratificada por el Senado de los Estados Unidos en 1945 (con 89 votos a favor y 2 en contra) y es la ley vigente en el país, al mismo nivel que la legislación aprobada por el Congreso. Según la Constitución, el presidente debe velar por que las leyes, incluidos los tratados ratificados por el Senado, se cumplan fielmente, no se ignoren.

La Carta de las Naciones Unidas impone restricciones significativas al recurso a la fuerza militar, lo que incluye la guerra. Sin la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el uso de la fuerza militar solo se permite en legítima defensa, según el Artículo 51. La excepción de legítima defensa permite a las naciones usar la fuerza en legítima defensa, individual o colectiva, solo si se produce o es inminente un ataque armado. Una "guerra preventiva" contra una posible amenaza futura no constituye un acto de legítima defensa anticipada ante un ataque inminente y constituiría una clara violación del derecho internacional.

El objetivo, expresado abiertamente por Trump, de iniciar un cambio de régimen no se enmarca en la estricta excepción de legítima defensa del Artículo 51 y, por lo tanto, constituye un uso ilegal de la fuerza. Además, atacar deliberadamente a un jefe de Estado, incluso a un dictador como el Líder Supremo de Irán, constituye un acto ilegal de agresión según el derecho internacional. Y lanzar ataques durante las negociaciones diplomáticas activas, que se desarrollaban durante febrero, viola posiblemente el principio de "buena fe" consagrado en el Artículo 2(2) de la Carta de las Naciones Unidas.

La decisión de Trump de actuar por su cuenta, violando este vasto corpus de obligaciones constitucionales, estatutarias, convencionales y de otro tipo, no solo ha causado la muerte de al menos cuatro militares estadounidenses, sino que también ha causado numerosas muertes y lesiones entre la población civil en todo Oriente Medio. El bombardeo de una escuela primaria femenina en Irán , con cerca de 150 víctimas , es una señal ominosa de lo que podría ocurrir si esta guerra continúa.

Con demasiada frecuencia, dictadores y aspirantes a dictadores inician guerras en el extranjero para distraer la atención o generar apoyo para su subversión de la democracia en el país. Estados Unidos sigue siendo una democracia. No se debe permitir que nuestro presidente use la guerra para subvertir el Estado de derecho, ni en el país ni en el extranjero.

John Danforth , republicano, fue senador de los Estados Unidos por Missouri de 1976 a 1995 y embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas de 2004 a 2005. Norman Eisen , editor de The Contrarian, fue el zar de la ética en la Casa Blanca de Obama. Eugene Fidell es profesor visitante de Derecho en la Facultad de Derecho de Yale. Richard Gephardt , demócrata, representó al tercer distrito de Missouri en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos de 1977 a 2005. J. Michael Luttig fue juez del Tribunal de Apelaciones de los Estados Unidos para el Cuarto Circuito de 1991 a 2006. Richard W. Painter es profesor de Derecho Corporativo S. Walter Richey en la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota y ex asesor asociado del presidente y abogado jefe de ética de la Casa Blanca para el presidente George W. Bush. Es coautor, junto con E. Thomas Sullivan, de “ The US Presidency: Power, Responsibility, and Accountability ”.

 

viernes, 30 de enero de 2026

Nuevo tipo de fascismo estadounidense

Copio íntegro este excelente artículo de Siri Hustvedt, 

publicado por El País el 11 enero 2026

Un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero

“El fascismo puede definirse como una forma de comportamiento político que se caracteriza por la obsesión por el declive, la humillación o el victimismo de la comunidad y el culto compensatorio a la unidad, la energía y la pureza; y en la que un partido de masas formado por militantes nacionalistas entregados —con los que colaboran de forma incómoda pero eficaz las élites tradicionales— abandona las libertades democráticas y persigue, con violencia redentora y sin restricciones legales, unos objetivos de limpieza interna y expansión externa”. Robert Paxton, Anatomía del fascismo, 2004 (Ed. española, 2019)

Para Paxton, destacado estudioso del fascismo, el violento asalto al Capitolio cometido el 6 de enero de 2021 fue lo que convirtió algo que, a su juicio, era un movimiento populista autoritario en fascismo propiamente dicho. Aunque hay una bibliografía inmensa sobre el tema y la definición de fascismo es polémica, muchos especialistas en este fenómeno no lo circunscriben a sus manifestaciones del siglo XX, sino que lo consideran una forma genérica y posdemocrática de política que trasciende el tiempo y el espacio.

¿Importa saber si al régimen que ha consolidado su poder en Estados Unidos a toda velocidad debemos llamarlo populismo autoritario o fascismo?

En mi opinión, sí. La retórica moldea la percepción y transmite las emociones. El júbilo beligerante de los mítines de Trump, como los mítines de masas de Italia, España y Alemania, son una especie de exorcismo colectivo. Los demonios internos del malestar cultural generalizado se descargan sobre algún otro muy conveniente: feministas, intelectuales, científicos, demócratas. Judíos, inmigrantes, gente de color, las comunidades LGTBQ, las personas con discapacidad. La culpa de que yo me sienta mal la tienen ellos, no yo ni los míos. Nosotros somos los verdaderos estadounidenses, los blancos inocentes y asediados que empezamos a levantarnos para ocupar el lugar que nos corresponde en la cima de la jerarquía, tal como dictan Dios, la naturaleza o el propio Gran Líder.

Trump ha proporcionado a sus seguidores una vía rápida para pasar de la vergüenza al orgullo. Los blancos estadounidenses no han perdido estatus, pero es cierto que, en los últimos tiempos, otras personas que hasta ahora no habían participado nunca en la vida política han ascendido a puestos de poder; y ellos consideran que ese ascenso los humilla. Barack Obama, nuestro presidente negro, que gobernó durante dos mandatos, Kamala Harris, nuestra vicepresidenta afroasiática, e incluso Hillary Clinton, blanca, pero mujer, constituían graves afrentas contra el orden establecido. Cuando Trump muestra abiertamente su intolerancia y crueldad, está autorizando a los demás a hacerlo también y, por consiguiente, los libera de todo sentimiento de culpa social por sus propios prejuicios.

Lo que muchos no entendieron, en la prensa y los llamados “medios tradicionales”, fue que eso reconfortaba enormemente a quienes formaban parte del mundo MAGA. Que se creyeran o no el contenido de los discursos de Trump —si los haitianos se comían a sus mascotas o no— era lo de menos.

A la definición de Paxton yo le añadiría otra palabra: el fascismo se caracteriza por el culto compensatorio a la masculinidad, la unidad, la energía y la pureza.

Todas las versiones del fascismo que he estudiado, pasadas y presentes —incluidos los rasgos fascistas del Hindutva, el nacionalismo hindú, que tenía estrechos vínculos con Italia y Alemania en la década de 1930 y que sigue vivo en la India de Modi—, están obsesionadas con el miedo a la castración y con la gloria del heroísmo y la brutalidad viriles. Todos los Estados fascistas europeos impusieron el ideal de unas rígidas categorías binarias de género y arrebataron a las mujeres derechos de los que ya disfrutaban. También se implantaron políticas eugenésicas para controlar la reproducción de las personas “adecuadas”, aunque con variaciones legales según cada país. En Italia y España había que contentar a la Iglesia, pero no así en Alemania, donde el Estado empleó la esterilización y el asesinato como herramientas. Hoy, en EE UU, hay 31 estados en los que continúan en vigor unas leyes de esterilización forzosa que nunca se derogaron.

Ahora, J. D. Vance y Elon Musk promueven el natalismo. El presidente habla constantemente de “genes defectuosos” y “bajo cociente intelectual” y de esa forma vuelve a apelar a viejas ideas que parecen no morir jamás. La manosfera bulle de desprecio por la ginecocracia, los “chicos de soja” —poco masculinos— y todas las cosas que se consideran de mujeres, desde pedir una ensalada en lugar de un filete hasta estudiar artes en lugar de física, pasando por grandes abstracciones como la compasión, la negociación y la propia democracia.

No olvidemos que muchos de los asaltantes del 6 de enero iban disfrazados de guerreros o bestias de algún tipo: vikingos, vaqueros, colonos revolucionarios, hombres de las cavernas, animales con cuernos, cazadores y superhéroes de Marvel. La masculinidad belicosa y la misoginia que la acompaña no son secundarias en el fascismo. Los trajes alimentaban la fantasía de un cuerpo masculino al mismo tiempo impenetrable y sobrenatural.

Los carteles, llaveros, tazas, calzoncillos y otros artículos del movimiento MAGA retratan a Trump como Superman, Ironman, un héroe del Oeste, un caballero con su reluciente armadura y muchas otras imágenes de ese tipo. Reinventan al anciano cada vez más frágil, grueso y de facultades intelectuales mermadas como una criatura musculosa y a prueba de balas, propia de los cómics y la ficción cinematográfica. El fascismo no respeta el principio de realidad. Establece un mundo hermético propio con su propia lógica alternativa.

La verificación de datos, que por supuesto es útil, no puede pinchar el globo de MAGA. Es más, resulta vagamente patético que los periodistas señalen los errores con la esperanza de que la otra parte se dé cuenta.

Los grandes medios de comunicación a los que desconcertaron todos esos seguidores de MAGA que se negaban a aceptar la derrota de Trump frente a Joe Biden en 2020 no pensaron que las diferencias de género fueran un aspecto crucial. Una cosa es perder frente a dos mujeres, pero otra muy distinta perder frente a un hombre blanco. Si Trump es infalible, un ser casi omnipotente, tenía que ganar. Reconocer la derrota destruye la mitología y, sin ella, MAGA no es nada. Compensa los terrores de la castración.

Debemos llamar el segundo mandato de Trump y a sus secuaces por su nombre.

Los medios de comunicación estadounidenses deben dejar de utilizar la palabra “conservador” para referirse a los personajes y las políticas de extrema derecha y a los think-tanks que los apoyan. Estas personas no están conservando nada. Su objetivo es destruir el gobierno, atacar las universidades, acabar con la libertad de expresión, el pluralismo y el Estado de derecho, encarcelar y deportar ilegalmente a personas sin papeles y a ciudadanos legales por igual y fabricar mentiras oficiales sin parar. ¿Qué es lo que quieren? Muchos de ellos desean instaurar una nación patriarcal, cristiana y blanca.

Los medios de comunicación tienen que dejar sus peroratas sobre la polarización y sus llamamientos sentimentales al diálogo. Los estadounidenses están polarizados con motivo. A nadie se le ocurriría hoy decir que, si unos grupos judíos se hubieran sentado a conversar amigablemente con Hitler, se habría podido evitar el Holocausto.

El ICE se dedica a la limpieza interna. Se está muriendo gente.

El ejército se ocupa de la expansión externa. Estados Unidos está “gobernando” Venezuela y ya ha amenazado a Cuba, México, Colombia y Groenlandia.

Recuerdo la época en la que Donald Trump era un payaso, un chiste.

La prensa internacional también consideraba un payaso a Adolf Hitler, hasta que dejó de serlo.

En MAGA empiezan a aparecer grietas. Hacerse con el poder no es lo mismo que conservarlo. La esperanza puede fomentar el cambio. La resistencia es fundamental y en este país hay un movimiento amplio y perseverante que va a seguir luchando, aunque aumenten los peligros. Pero es esencial saber a qué nos oponemos; no es conservadurismo. Es un nuevo tipo de fascismo que afecta al mundo entero.

Siri Hustvedt es una escritora y ensayista estadounidense. Su último libro publicado en España es El hechizo de Lily Dahl (Seix Barral).

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

domingo, 26 de octubre de 2025

Caracterización del trumpismo. Maya Kandel

El artículo, la entrevista, que sigue lo he tomado de 'Letras Libres'. Creo explica muy bien y resumido gran parte del trumpismo. Si le interesa el tema, estos son los libros que leí el último año y me resultaron muy útiles para entender este fenómeno que abre la puerta a otra época diferente  con moldes distintos a los vividos estos últimos 80 años. El trumpismo no nace de la nada, muchas de sus corrientes, ideas, peligros, teorías, etc. ya estaban en EEUU, pero el trumpismo las ha conseguido aglutinar y liderar.

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Entrevista con Maya Kandel: “Si no hay acuerdo sobre los hechos, no puede haber debate ni democracia”

La investigadora ha publicado “Una primera historia del trumpismo”, donde analiza las claves de la nueva derecha estadounidense. por Daniel Gascón 24 octubre 2025

Maya Kandel es investigadora asociada en la Université Sorbonne Nouvelle Paris 3 (CREW). En 2021 y 2022 fue Senior Fellow y directora del Programa sobre Estados Unidos del Institut Montaigne. En 2018 publicó Les États-Unis et le monde, de George Washington à Donald Trump (Éditions Perrin). Este año ha publicado Une première histoire du trumpisme (Gallimard). Lleva el blog Froggy Bottom, dedicado a la política exterior estadounidense. Este intercambio se desarrolló por correo electrónico.

¿Por qué ha querido escribir una historia del trumpismo y qué cambia entre el primer Trump y el segundo?
Es una “primera” historia, porque el fenómeno sigue en curso. Pero el trumpismo ya tiene una profundidad histórica, que defino como el encuentro entre un personaje fuera de lo normal, Donald Trump, algunas de sus intuiciones e ideas-fuerza y un sustrato electoral en Estados Unidos, en un país que, en 2015, está traumatizado por 14 años de guerras desastrosas, la peor recesión económica (2007-2008) desde la crisis de 1929 y una epidemia de opioides que en ese momento causa cada año más muertes que la guerra de Vietnam.
Trump irrumpe en la vida política estadounidense en 2015, pero ya era una figura conocida desde hacía décadas. Ahora bien, en Francia y en Europa a menudo se tenía una lectura superficial o desfasada de su trayectoria. Mi libro pretende ofrecer referencias políticas, históricas y culturales. El trumpismo no surge de la nada.
Pero el trumpismo también es profundamente diferente en 2024 de lo que era en 2016 y yo quería analizar esa evolución, para mostrar que el segundo mandato no se parecería al primero. El trumpismo desborda hoy ampliamente la figura de Trump; de hecho, ese es uno de los puntos centrales del libro. Trump ha catalizado tendencias políticas que estaban en marcha desde hacía mucho tiempo: el giro identitario, el derechismo del Partido Republicano, el rechazo de las élites. Pero su elección logró dar una coherencia, e incluso una ideología, a todo ello. Porque si Trump asegura el espectáculo para las masas, también hay una teorización ideológica del trumpismo para las élites, para una nueva contraélite precisamente, en torno al movimiento nacional-conservador.
Lo que cambia entre el primer mandato y el segundo es ante todo el grado de preparación en términos de programa y de personal político. Esta preparación comenzó ya en enero de 2021, en torno a antiguos miembros de la primera administración y a los intelectuales nacionalconservadores, que han construido o reclutado organizaciones bien financiadas. La otra evolución proviene de la adhesión de ciertas figuras mayores de Silicon Valley, que se ha reducido en exceso a la figura de Elon Musk.
No me sorprendieron las primeras decisiones, porque había seguido esos preparativos durante los cuatro años de la presidencia de Biden y el esfuerzo de teorización desde 2019. Pero aun así me sorprendieron la velocidad de implementación y la sofisticación de las estrategias legales desplegadas para justificar las medidas que son contrarias a la tradición estadounidense.
Lo que me ha asombrado, todavía más desde el asesinato de Charlie Kirk, en septiembre de 2025, es la complicidad activa de instituciones y empresas privadas en los atentados contra la libertad de expresión. Eso evoca el macartismo de los años cincuenta.

A menudo se ha dicho que Trump era posideológico. Usted afirma, en cambio, que encarna el espíritu de nuestra época. ¿En qué sentido?
El trumpismo prospera en la intersección de varias transformaciones contemporáneas: la transición geopolítica global, la crisis de las democracias liberales, pero también, quizá sobre todo, la entrada en una era mediática íntegramente reconfigurada por las redes sociales. Trump encarna esa mutación: es uno de los primeros en haber comprendido cómo sacar provecho de la lógica viral, de la posverdad, de la desinformación a escala industrial. En ese sentido, encarna el espíritu de la época. Con el trumpismo hay una voluntad de ruptura radical con la modernidad política tal como la hemos conocido desde la Segunda Guerra Mundial.
Vemos resurgir un pensamiento reaccionario estructurado, que se construye en oposición al progresismo, a los derechos civiles, a la globalización e incluso a la democracia liberal. Y ese pensamiento se reivindica a sí mismo como revolucionario: Kevin Roberts, el presidente de la Heritage Foundation, habla de una “segunda revolución estadounidense”. Es una ideología que busca derrocar el orden establecido, encaramando al poder a una nueva “contraélite”.

¿Qué une y qué separa a la coalición que sostiene a Trump?
La coalición trumpista es hoy mucho más amplia que en 2016. Siguen existiendo el “MAGA auténtico”, representado en particular por Steve Bannon, y la importancia de la base evangélica blanca. Esta base sigue siendo muy sensible a las declaraciones racistas e incluso abiertamente fascistas que hemos podido oír en varias ocasiones en esta última campaña. Trump siempre necesita del racismo para ganar las primarias de su partido. También está la adhesión de la tech right, que tiene un programa muy favorable a las nuevas tecnologías, a la inteligencia artificial, pero también a la inmigración selectiva: en eso se opone frontalmente al sector “auténtico”.
La otra fractura importante tiene que ver con la política exterior, y sobre todo con la implicación en Oriente Medio. Hemos visto choques públicos entre varios sectores y figuras políticas del movimiento MAGA cuando Trump bombardeó Irán en junio de 2025, en el momento de la guerra Israel-Irán. Hay una rama muy aislacionista entre los MAGA, mientras que Trump en persona es ante todo un nacionalista, que no dudó durante su primer mandato (como ahora en el segundo) en usar la fuerza militar.
El principal movimiento intelectual de apoyo a Trump, los nacionalconservadores, están divididos sobre la política exterior y son hostiles a la tech right, omnipresente en Washington y que pesa sobre las grandes orientaciones de Trump 2, desde la política tecnológica hasta la IA y la rivalidad con China.

¿Qué es el Claremont Institute? ¿Por qué es importante, y por qué lo son figuras como Yoram Hazony y el movimiento nacional-conservador?
Antes de la adhesión de la fundación Heritage, autora del “Proyecto 2025” que inspira numerosas decisiones de la administración Trump 2, la estructura originaria del trumpismo es muy claramente el Instituto Claremont, un think tank de tamaño modesto que actualmente está en pleno desarrollo. Cuando se lee el Proyecto 2025, ya desde el preámbulo se reconoce la marca del Instituto Claremont.
El Claremont fue creado en 1979 en California, cerca de Los Ángeles. Lo fundaron discípulos disidentes de Leo Strauss, la figura más influyente del movimiento neoconservador. Se agruparon en torno a otro intelectual, Harry Jaffa, que está en el origen del Instituto. La obsesión del Claremont consiste en volver al espíritu de los padres fundadores; en eso tienen un lado “fundamentalista”. Consideran que el sistema de gobernanza estadounidense fue ejemplar hasta la presidencia de Woodrow Wilson, marcada en particular por una política exterior intervencionista, pero también por el inicio de la expansión del aparato de seguridad nacional y de la burocracia, con la creación de nuevas agencias por el Congreso.
En la estela de Leo Strauss, su pensamiento se apoya en la idea de que toda burocracia, con el tiempo, se vuelve antidemocrática. Por tanto, a veces sería necesario, especialmente en tiempos de crisis, tener un líder fuerte, que represente la verdadera legitimidad del pueblo. Desde ese punto de vista, los pensadores del Claremont denuncian el “administrative state” (el Estado administrativo), sinónimo del “deep state”, que es el blanco de Trump y del movimiento MAGA.
El movimiento nacionalconservador, o NatCon, está vinculado a Trump desde el principio, puesto que su razón de ser es teorizar la transformación del Partido Republicano a manos de Trump, que aporta al partido una nueva concepción de la victoria electoral. El Instituto Claremont, motor intelectual de los NatCons, fue celebrado por Trump desde su primer mandato. En 2019, Trump otorga a Ryan Williams, su presidente, la National Humanities Medal, que honra la contribución a la cultura nacional y a la comprensión de las humanidades.
Yoram Hazony es un intelectual israeloestadounidense muy influyente en los medios conservadores estadounidenses. Ha sido la pieza clave de la constitución del movimiento nacionalconservador. Fue quien acudió a buscar a las diferentes personalidades y las distintas instituciones que lo constituyen: Peter Thiel, el Instituto Claremont y otras fundaciones conservadoras, con el fin de construir una o red y elaborar un corpus ideológico.
El movimiento nacionalconservador ha construido una gran parte del programa y de los cuadros de la administración Trump 2: eso es lo que también he querido mostrar en mi libro. Desde 2019, he seguido este movimiento, he participado en sus conferencias y en sus reuniones, y he conversado con sus miembros. Ya a finales de 2016, cierto número de intelectuales conservadores, reunidos por Yoram Hazony, constataron que Donald Trump había redefinido el sustrato del partido y emprendieron la tarea de teorizar ese cambio. El nacionalconservadurismo redefine el Partido Republicano tomando el contrapié de los pilares que lo definían desde la presidencia de Ronald Reagan, a saber, el libre comercio, una política exterior intervencionista y una apertura a la inmigración. Propone en su lugar una nueva trilogía fiel a las intuiciones de Trump: proteccionismo, nacionalismo y cierre a la inmigración, incluyendo deportaciones masivas.
Cuando Trump pierde las elecciones en 2020, miembros de su administración crean nuevos centros de reflexión para preparar su regreso y, por tanto, un programa. A medida que avanza, ese movimiento nacionalconservador va agregando todos los componentes de esta galaxia: los intelectuales, los centros de reflexión, los nuevos think tanks, y hasta la Fundación Heritage, que es realmente el peso pesado. Desde los años setenta, esta organización prepara, para cada nueva administración republicana, un programa y una lista de medidas. El último es el “Proyecto 2025”, un documento de más de 900 páginas, que inspira el programa de la administración en numerosos ámbitos. Varios de los autores de ese informe ocupan hoy puestos clave en el seno de la administración Trump 2.

¿Cuál es el papel de la tech right? ¿Se trata de verdaderos dirigentes o más bien de seguidores interesados, deseosos de combatir la regulación?
En 2024, una nueva coalición, más amplia, apoya al candidato Trump. Junto a la “rama Maga”, es decir, la de Steve Bannon y los nacionalconservadores, está la tech right, que consagra la adhesión de cierto número de multimillonarios e inversores de Silicon Valley.
Varios elementos han desempeñado un papel, que explica sus motivaciones, que pueden ser ideológicas o puramente oportunistas, a veces ambas. Primero, las consecuencias del año 2020, marcado no solo por la pandemia, sino también en Estados Unidos por el movimiento Black Lives Matter, las manifestaciones más grandes de la historia del país, que marca el apogeo de ciertas ideas progresistas e inspira el programa de Joe Biden. También está el hecho de que, durante su mandato, Biden implementó una política antimonopolio que no se veía en Estados Unidos desde hacía más de un siglo. En particular, se enfrentó a los gigantes de la tecnología. No todos los proyectos llegaron a buen término; los demócratas habrían necesitado un segundo mandato, pero esa voluntad de regulación marcó a los jefes de Silicon Valley.
Luego hubo adhesiones puramente oportunistas, por temor a la ira de Trump, por ejemplo, en el caso de Mark Zuckerberg, a quien Trump había amenazado con enviar a prisión. Más ampliamente, muchos de esos grandes dirigentes de la tecnología ven todo el interés de asociarse con la Casa Blanca para hacer avanzar sus objetivos, ya sea la prioridad a la IA o la presión contra las regulaciones europeas dirigidas a sus actividades y, por ende, a sus beneficios.

Se dice que parte de este fenómeno obedece al voto del resentimiento: personas que se sentían excluidas o amenazadas. Entre los aspectos llamativos, está la mejora de sus resultados entre los electores no blancos. Y una pregunta que muchos se hacen: si la economía se deteriora, ¿no serán esos electores pobres los más afectados? ¿Castigarían a Trump?
Trump ganó efectivamente el voto popular ampliando su base electoral, muy en particular entre los electores latinos y los hombres jóvenes. El equipo de campaña de Trump en 2023-2024, el más profesional de sus tres campañas, apuntó a los hombres jóvenes, blancos o no, para ampliar su electorado, yendo a buscarlos allí donde obtienen su información, en los pódcast, en TikTok y otras redes sociales, y apostando por las guerras culturales. Ha sido un éxito, puesto que Trump obtuvo la mayoría de los hombres de 18 a 29 años. Hemos visto emerger un “virilismo” como objeto cultural, sobre todo en los pódcast masculinistas, cuyos presentadores desempeñaron un papel central en la reelección de Trump en 2024. Esos presentadores, Joe Rogan, por ejemplo, son las primeras personas a las que dio las gracias la noche de su victoria.
Pero muchos electores, en particular latinos, votaron ante todo por consideraciones económicas, convencidos por la imagen de “self-made man exitoso” de Trump: una doble mentira, puesto que heredó millones de su padre y ha conocido numerosas quiebras en sus negocios. Las debilidades de la campaña demócrata desempeñaron evidentemente un papel también. El mandato de Biden también estuvo marcado por la inflación más elevada en cuatro décadas.
Hoy vemos mucha insatisfacción en las encuestas de opinión, y la popularidad de Trump es “solo” del 40% (cifra que haría soñar a muchos dirigentes europeos). La inflación sigue presente, y los electores insatisfechos se quejan del precio de los productos básicos. Es claro que eso podría llevarles a castigar, o a no votar por los republicanos en las próximas elecciones de medio término en noviembre de 2026.

Un elemento importante es la crítica del liberalismo. Para usted, se trata de un ataque en varios frentes: contra el liberalismo como idea progresista (en el sentido estadounidense del término), contra el liberalismo económico de la desregulación y de la globalización, contra el liberalismo en política internacional y contra las propias reglas de la democracia liberal. ¿Encuentra usted esa desconfianza también en ciertos movimientos de izquierda? ¿Comparten ese horizonte, digamos, posliberal?
Sí, creo que la tentación iliberal, o posliberal, también está presente en ciertos movimientos de izquierda, no contra las ideas progresistas, pero sí en los otros tres puntos, incluida la que va contra las reglas de la democracia liberal. En Francia, por ejemplo, tenemos otros líderes, a la derecha pero también a la izquierda, que impugnan decisiones de la justicia que no les gustan, que atacan al periodismo, o incluso que ponen en duda el resultado de las elecciones.
Lo más preocupante es sin duda el rechazo de la pericia científica y la impugnación de los hechos. Si no hay acuerdo sobre los hechos, no puede haber debate ni democracia. El otro reto mayor es la posibilidad de tener un debate iluminado, por tanto una prensa libre e independiente, que suscriba a los criterios del periodismo, verificación de los hechos y contraste de fuentes. El ejemplo estadounidense es el que no hay que seguir, pero ya observamos su influencia y exportación en Europa.

También se presenta como una protesta contra la realidad: los relatos cuentan más que los hechos. Al mismo tiempo, esa interpretación ha sido criticada. El establishment tendría su parte de responsabilidad: los medios cuando mienten, la filosofía con el relativismo. Y algunos (usted incluida) dicen que atribuir la victoria de Trump al auge de las teorías de la conspiración y de las fake news es una explicación demasiado simple y demasiado indulgente. ¿Qué piensa usted?
Efectivamente, no es más que una parte de la explicación. Los demócratas también han cometido muchos errores, empezando por presentar a un Joe Biden demasiado mayor y visiblemente debilitado. Los medios estadounidenses han sido muy seguidistas, ya sea en 2003 en el momento de la invasión de Irak, o en 2020 en el momento del Covid.
Con todo, la impugnación de la realidad sigue siendo para mí un elemento central del trumpismo, esa idea de que los hechos ya no cuentan, que solo importa el relato (la “narrativa”). Es el ADN del trumpismo y de toda la carrera de Trump. Desde su primer libro, The art of the deal, en 1987, afirma que lo que cuenta no es la realidad, sino la narración que se hace de ella. Es lo que aplica en todos los ámbitos: inmigración, economía, política exterior. Y funciona, porque el público ha perdido la confianza en las instituciones tradicionales, los medios, la pericia. Trump ocupa ese vacío con un relato simple, emocional, viral y muy a menudo falso.
El trumpismo encarna tanto un poder narrativo como político. Una presidencia convertida en un programa permanente de telerrealidad, donde el conflicto, el suspense, el choque sustituyen a la acción pública con una eficacia formidable. La opinión sigue la historia que se le cuenta, no necesariamente lo que sucede realmente. Y eso es una ruptura profunda. Modifica la manera de hacer política, y las democracias tienen dificultades para responder.
Es uno de los grandes desafíos actuales. El trumpismo funciona como un relato movilizador, y nuestras democracias tienen cada vez más dificultades para proponer otro. Los hechos por sí solos ya no bastan; también hay que contar una visión del mundo. Ahora bien, desde el fin de los grandes relatos ideológicos y el declive de la religión en las sociedades occidentales, ese espacio se ha convertido en un vacío que otros, como el trumpismo, han sabido ocupar.
Es también una de las razones del fracaso, hasta ahora, de los demócratas estadounidenses, que siguen teniendo dificultades para analizar con precisión el fenómeno Trump. Hay un conflicto interno entre centristas e izquierda progresista: unos culpan a las guerras culturales, otros reprochan al centro haberse aliado con el neoliberalismo. De ahí que no se desprenda ninguna línea clara, ningún relato federador, mientras que el trumpismo ha logrado proponer una síntesis de los dos grandes “relatos” contemporáneos, el “choque de civilizaciones” y el conspiracionismo antisistema.

¿A qué se debe el odio del gobierno y de sus defensores hacia la Unión Europea? ¿En qué medida puede eso afectar a los europeos y qué deberían hacer?
La Unión Europea es detestada. Primero, porque está en las antípodas de la visión nacional-populista del trumpismo. Luego, porque la UE es una potencia comercial importante, y es más fácil maltratar al Reino Unido en una negociación a dos que tener enfrente a un bloque poderoso que juega comercialmente de igual a igual con Estados Unidos. Por último, porque la UE es una potencia regulatoria que perturba los intereses de los gigantes de la tecnología ahora estrechamente asociados a la Casa Blanca. Más ampliamente, la UE representa también para los trumpistas el viejo mundo “liberal” aborrecido, una especie de extensión de los demócratas estadounidenses.
Pero Europa representa también para la nueva derecha estadounidense la cuna de esa civilización occidental que pretende defender. Hay, pues, una ambivalencia, porque Europa ocupa un lugar central en el imaginario y el relato occidentalista de esta extrema derecha en expansión. La UE se ha convertido en el símbolo de esa “élite globalista” y de sus valores (que ellos detestan). Esa visión converge con la de Putin y Xi Jinping, que desean debilitar a la UE, por su atractivo democrático y su poder comercial. Trump prefiere evidentemente tratar con dirigentes próximos a sus ideas. Como Elon Musk, como Steve Bannon, Trump estaría encantado de que otros países europeos siguieran el ejemplo del Reino Unido y el Brexit. Todos los actores del trumpismo, incluidos los influencers MAGA, aprovechan cada ocasión para amplificar la voz de los partidos políticos más críticos con Bruselas, la mayoría de las veces los partidos de extrema derecha europeos.
En el imaginario trumpista, los países europeos son países débiles con economías escleróticas, cuyos líderes son a menudo “socialistas” o, peor, “wokistas”, debilidades que desprecian y que ven como consecuencia de los excesos del “liberalismo”, que les habrían hecho perder la identidad nacional y la religión; y países “de fronteras abiertas” que van a “disolver a su pueblo” en un globalismo multicultural asociado a los demócratas estadounidenses. El derrumbe de la UE sería una prueba de la validez de la visión trumpista.
Los europeos deben tener bien presente esa visión trumpista y defender sus valores, su soberanía y sus leyes, contra los asaltos directos de Washington. Su problema es haber descuidado durante demasiado tiempo su defensa para subcontratarla a Estados Unidos. Esta dependencia estratégica se ve hoy duplicada por una dependencia digital de los gigantes tecnológicos estadounidenses. Ahora bien, esas dependencias son utilizadas por la administración Trump para chantajear a los dirigentes europeos: lo vimos en mayo en un texto emanado de un funcionario del Departamento de Estado, Steve Samson: una demanda de adhesión al trumpismo a cambio del mantenimiento de la garantía de seguridad. Lo vemos también en las negociaciones comerciales que Trump reabre sin cesar.
En otro plano, los europeos, y en particular la izquierda europea, no deben dejar que esa nueva derecha radical estadounidense defina los grandes principios democráticos. Ya están en proceso de redefinir principios fundamentales de la política estadounidense, empezando por la “libertad de expresión”. El principio está garantizado por la Primera Enmienda, pero su acepción ha variado a lo largo de la historia estadounidense, y ha sido objeto de batallas políticas y jurídicas. El propio Tribunal Supremo reescribe permanentemente su propia jurisprudencia. Es evidentemente su derecho, pero no hay ninguna razón para dejarse imponer la reescritura profundamente politizada en curso en Estados Unidos.

Se habla de fascismo, de los años treinta, de macartismo, de guerra civil. ¿Le parece convincente alguna de esas analogías? ¿Qué capacidad cree que tendrán las instituciones estadounidenses para resistir?
A menudo he considerado que calificar el trumpismo de fascismo tendía a cerrar la discusión. Puede impedir ir más lejos en el análisis y en las especificidades del fenómeno. Dicho esto, está claro que Donald Trump siempre ha necesitado del racismo para ganar en 2016 y en 2024 las primarias republicanas. Cuando afirma que “los inmigrantes envenenan la sangre del país”, es evidentemente una retórica fascista, que podemos encontrar en Mein Kampf de Hitler.
En cuanto a la guerra civil, me parecía hasta ahora que la violencia política en Estados Unidos adoptaba otras formas, próximas a ciertos actos terroristas. Pero la aceleración de los despliegues militares en el territorio nacional desde el asesinato de Kirk es inquietante, en particular cuando Trump envía la Guardia Nacional de un estado republicano como Texas a otro estado cuyo gobernador es demócrata. Los choques que se multiplican, como en Chicago, son preocupantes, como lo es el aumento de la violencia política en un país armado hasta los dientes.
La analogía que me parece más pertinente, por ahora al menos, es la del macartismo, sobre todo de nuevo desde la muerte de Kirk, con la insistencia de Trump y de sus colaboradores más cercanos en los “enemigos interiores”, una retórica extremadamente peligrosa. Esa retórica, y la oleada de delaciones y despidos que le siguió en Estados Unidos contra periodistas y cientos de ciudadanos ordinarios, es un eco directo de la cruzada del senador Joe McCarthy contra los “comunistas” a principios de los años cincuenta, utilizando el brazo armado del FBI de Edgar Hoover y las audiencias del Comité de Actividades Antiestadounidenses del Congreso. Miles de personas perdieron su empleo, cientos fueron encarceladas, algunos se marcharon del país porque ya no podían trabajar (el más conocido, Charlie Chaplin). Esa oleada de represión política solo fue frenada cuando McCarthy arremetió contra el ejército, y hubo que recurrir a la intervención del propio presidente, el general Eisenhower. Pues bien, hoy el ocupante de la Casa Blanca es el primero en haber designado a sus adversarios políticos como enemigos. Es evidentemente inquietante.
La cuestión de la resistencia de las instituciones es central. Mucho se dirimirá en el Tribunal Supremo, que por ahora no ha mostrado mucha resistencia frente a los asaltos trumpistas contra los otros poderes y contra la Constitución. Se esperan numerosas decisiones cruciales durante la sesión que acaba de abrirse; el tiempo de la justicia es más largo.
La otra institución crucial es el Congreso, y las midterms de 2026 serán determinantes. La inquietud de Trump y de su clan muestra que el país sigue siendo una democracia, donde las elecciones cuentan. Pero las múltiples iniciativas en curso para redibujar las circunscripciones y manipular el recuento de votos, que según la Constitución es un derecho de los estados, figuran entre las evoluciones más preocupantes, junto con los ataques contra los medios. Es la ilustración de lo que el trumpismo y los nacionalconservadores intentan hacer: transformar Estados Unidos en una democracia “iliberal” según el modelo de Viktor Orbán, atacando a las universidades, a los medios y a las elecciones, y utilizando la justicia para intimidar a sus adversarios políticos.

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https://letraslibres.com/politica/una-primera-historia-del-trumpismo-entrevista-con-maya-kandel-si-no-hay-acuerdo-sobre-los-hechos-no-puede-haber-debate-ni-democracia/24/10/2025/

 

lunes, 15 de septiembre de 2025

Un poco de historia. Violencia en EEUU

Copio el texto tomado de Substack, The Bulwark, ( El Baluarte), sobre la violencia en EEUU. Para no perder la perspectiva.

 Una historia de violencia. Jonathan V. Last .   12 de septiembre de 2025

1. Comunidades

El miércoles por la noche escribí un artículo sobre Charlie Kirk y no publiqué comentarios. Quiero explicar mi opinión.

Antes que nada: No es que no confíe en que ustedes sean su mejor versión y demuestren gracia, empatía y sabiduría. Esta comunidad ha demostrado, una y otra vez, que se toma la vida en serio. No hay otro rincón de internet en el que confíe más.

En cambio, intentaba darte un ejemplo: que a veces debemos reflexionar en lugar de reaccionar. Sobre todo en público.

El artículo que escribí sobre Kirk fue literalmente la única expresión pública que me permití. No tuiteé. No salí en cámara con Tim y Sarah. Eso fue porque quería descartar cualquier oportunidad de reaccionar de forma improvisada.1Quería obligarme a ser considerado. Así que me senté durante unas horas a escribir un ensayo y luego lo revisé para que cada palabra, cada coma, fuera intencional.

¿Por qué me impuse esta modalidad? Porque no quería empeorar el mundo.

Si hubiera cometido un error inútil o imprudente, podría haber causado dolor a alguien o contribuido al peligro. Es algo que tengo presente a diario. Pero sobre todo en momentos de crisis e inestabilidad.

La gente rara vez se arrepiente de no haber expresado una idea ingeniosa. A menudo se arrepiente de haber expresado pensamientos que luego se dan cuenta de que fueron imprudentes.


Siento profundamente esta responsabilidad porque tengo una plataforma. Pero creo que todos deberían sentirla, sin importar quiénes sean. Por eso cerré los comentarios. Quería imponerles las mismas restricciones que me imponía a mí mismo. Quería obligarlos a reflexionar sobre cómo interactúan con el mundo exterior en estos momentos.


Una cosa más: Hay una distinción importante entre discusión pública y privada. Ayer intercambié correos electrónicos con muchos de ustedes y encontré esas conversaciones útiles y enriquecedoras. Pero eso se debe a que eran comunicados privados.

Algo cambia cuando una conversación se lleva a cabo en público. Una especie de principio de Heisenberg se impone, afectando tanto a los participantes como a sus palabras.

Considero que las comunicaciones privadas y públicas son medios casi completamente diferentes. Y ciertos temas se adaptan mejor a un medio en particular.

Os animo a pensar en esa dicotomía y a meditar sobre la idea de que algunas conversaciones, en algunos momentos, no deberían transmitirse al mundo.


Cerré los comentarios porque esperaba que pudieras obtener algún valor del espacio negativo y que la experiencia te hiciera pensar de maneras en las que de otra manera no lo habrías hecho.

Si los aspectos negativos de no poder compartir en la comunidad durante un día difícil superaron cualquier beneficio, entonces lo siento mucho.

Hoy me gustaría saber qué opinan sobre esta metapregunta: ¿Tomé la decisión correcta? ¿Entienden lo que intentaba lograr? ¿Estoy explicando la diferencia entre conversaciones públicas y privadas de forma coherente?

Pero antes de empezar con esa conversación: Gracias. Por estar aquí. Por ser amable. Por hacer de esta comunidad un lugar en el que confío y valoro.

Espero que tú también lo hagas.

2. Esto *es* quiénes somos

Uno de los sentimientos que he escuchado hasta la saciedad esta semana es la insistencia en que “Esto no es lo que somos”.

Esta piedad es incorrecta. La violencia política es una constante en la historia estadounidense, literalmente, desde su fundación. Es una de nuestras características únicas como país. Y es precisamente porque la violencia política es una poderosa corriente subyacente en Estados Unidos que nuestros líderes tienen el deber especial de contenerla y hacer todo lo posible por contenerla.


Estados Unidos se fundó sobre una rebelión armada. No solo hubo violencia, sino también violencia política, en los preparativos de la Revolución: el Motín del Té de Boston, el escándalo del Gaspee , y luego la violencia de la propia Revolución, desde Lexington y Concord en adelante.

En la década de 1840, el partido nativista Know Nothing fomentó una serie de disturbios en un intento de expulsar a los católicos del país. En el período previo a la Guerra Civil, Kansas fue un campo de batalla de violencia política, con enfrentamientos entre fuerzas proesclavistas y antiesclavistas. En la década de 1860, la ciudad de Nueva York se vio desgarrada por una guerra abierta entre bandas políticas rivales como los Bowery Boys y los Dead Rabbits . Esta época de violencia política en la ciudad culminó en los disturbios por el reclutamiento de 1863 .

En 1856, el representante Preston Brooks golpeó al senador Charles Sumner casi hasta la muerte en la Cámara del Senado, a plena luz del día. Y luego, por supuesto, libramos una guerra civil, colocando a Estados Unidos en el exclusivo y desafortunado club de las naciones desarrolladas que se dividieron formalmente y luego libraron guerras a gran escala contra sí mismas.

Las cosas no mejoraron mucho después de nuestra Guerra Civil. La Reconstrucción fue una larga y ardua lucha de violencia política durante la cual los gobiernos estatales del Sur, grupos formales de personas y ciudadanos individuales libraron una guerra contra los negros en un intento por continuar su subyugación bajo las leyes de Jim Crow. Este desfile de violencia política se prolongó durante décadas.2La paliza que recibió John Lewis en 1965 en el puente Edmund Pettus es sólo una entrada en una lista que podría llenar libros.

 

La violencia política en los Estados Unidos de posguerra existía más allá de la raza y la segregación. En 1900, el gobernador de Kentucky fue asesinado durante una disputa sobre fraude electoral. En 1905, el gobernador de Idaho fue asesinado por un grupo descontento con sus políticas sobre minería y sindicatos.

Para cuando llegamos a la década de 1970, la violencia política estaba por todas partes. Los secuestros y asesinatos eran moneda corriente: JFK, RFK, MLK, por supuesto, pero también una multitud de políticos que probablemente hayas olvidado . Durante los 70, los radicales detonaron bombas. Los aviones eran secuestrados rutinariamente . La violencia política era omnipresente .


Desde 1980 (más o menos), hemos vivido una época notablemente pacífica. Quizás el punto más bajo de la violencia política estadounidense. E incluso durante esta relativa era dorada de estabilidad, es fácil enumerar los incidentes.3

Los estadounidenses podrían ver la violencia política y decir: «Eso no es lo que somos», pero esto es como pasar de largo; la plegaria de un niño. Mencionen otro país del primer mundo que haya tenido cuatro presidentes en funciones asesinados en tan solo 150 años. (Y eso sin contar los casi asesinatos de Ronald Reagan y Gerald Ford).4)

Lo siento, pero la violencia política es precisamente lo que somos. Siempre lo ha sido.

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Hay razones para la historia de violencia en Estados Unidos. Algunas son culturales, otras tecnológicas. Algunas son simplemente geográficas. Podemos hablar de ellas en otro momento, si lo desean.

Pero por ahora quiero recalcar que quienes ocupan puestos de liderazgo en Estados Unidos siempre han tenido la responsabilidad especial de controlar esta violencia. Y una de las razones por las que los años posteriores a 1980 han sido tan pacíficos es que la mayoría de nuestros líderes hicieron precisamente eso. Evitaron la retórica violenta y, cuando estalló la violencia, dijeron lo correcto. Buscaron la unidad; intentaron bajar la temperatura.

Hasta que apareció Donald Trump.

Por eso sigo escribiendo sobre lo peligroso que fue para un candidato presidencial animar a sus partidarios a golpear a los manifestantes . Decirle a una pandilla callejera que se mantuviera a la espera. Convocar a una turba que sabía que estaba armada y pedirle a seguridad que retirara los magnetómetros porque sabía que la turba no estaba allí para hacerle daño Bromear sobre las agresiones a las familias de sus rivales políticos.

Decir, como lo hizo Trump ayer, que “ tenemos que darle una paliza ” al nebuloso grupo de personas que, según él, están detrás del asesinato de Charlie Kirk.

Una cosa es que gente anónima en Twitter hable así. No es bueno; como dije antes, todos deberíamos sentir la obligación de no hacer daño. Pero cuando se trata de nuestros líderes electos, se convierte en una diferencia de categoría.

No sé si Trump ignora la historia estadounidense y por eso no se da cuenta de lo que su cargo exige de él, o si entiende exactamente lo que está haciendo y está intentando empeorar las cosas.

Pero como siempre, él es el gran revelador. Nos ha mostrado quiénes somos realmente.


3. Libertad de expresión

Nick Catoggio tiene un artículo lúcido sobre Charlie Kirk.

Matar a un hombre por intentar convencer a los escépticos de su postura es la peor y más despiadada muestra de antiliberalismo. No me dejaré intimidar por la peor derecha para ensalzar a Kirk, pero es indiscutible que es un mártir de la libertad de expresión. Claire Berlinski tiene razón al comparar su asesinato con la masacre de los empleados de Charlie Hebdo a manos de yihadistas en 2015, después de que la revista publicara caricaturas sobre Mahoma. «Je suis Charlie», sin duda.

Pero decir, como hizo Klein, que Kirk «practicaba la política de la manera correcta»? No puedo ir tan lejos.

Una cara del posliberalismo.

No diría que Kirk estuviera haciendo política de la manera correcta cuando pidió el mes pasado la "ocupación militar total" de las ciudades estadounidenses con altos índices de criminalidad hasta que se resuelva el problema.

No diría que estuviera haciendo las cosas correctamente cuando instó a Mike Pence a 
ignorar los votos electorales emitidos por Joe Biden en los estados clave en enero de 2021.

Tampoco diría que fuera un político modelo cuando 
aplaudió el indulto de Trump a los matones del 6 de enero a principios de este año, describiéndolos como "rehenes" y celebrando su liberación como "una acción audaz para salvar a la gente de la tiranía de la guerra legal".

Y supongo que no diría que estaba dando un buen ejemplo político cuando pidió que 
un "patriota" rescatara al hombre que irrumpió en la casa de Nancy Pelosi y golpeó a su anciano esposo con un martillo.

Charlie Kirk era una figura prominente en una facción política posliberal. No era el autoritario más ferviente de las filas, y ciertamente no era la persona de peor carácter. Pero el movimiento que promovió y con el que se alineó no cree fundamentalmente en hacer política "de la manera correcta", y todos deberíamos tenerlo claro en nuestro dolor. Le gusta intimidar a sus oponentes, como lo está haciendo ahora mismo con la demostración de fuerza militar en Washington D. C., y reacciona a los debates perdidos intentando anular los resultados en lugar de aceptarlos, como hizo el día de las elecciones de 2020.

Kirk lo apoyó, sin duda consciente de que no habría seguido siendo un pez gordo en una facción posliberal por mucho tiempo si no lo hubiera hecho. De ninguna manera esto implica que mereciera lo que le pasó ayer, por supuesto, solo para enfatizar que la compasión por la víctima y el miedo a lo que viene no deberían impedir que nadie reconozca que la derecha populista es un movimiento de pirómanos cívicos liderados por un pirómano. Si es cierto, como dijo Trump anoche, que Kirk es " 
un mártir de la verdad y la libertad ", honren a los muertos y continúen ejerciendo su libertad de decir la verdad sobre el persistente desprecio de esta administración corrupta por practicar la política de la manera correcta, es decir, constitucional.

Porque algunos de sus miembros están muy ansiosos por explotar este horror para limitar su capacidad de hacerlo...

En medio de las acusaciones generalizadas contra la izquierda estadounidense 
como asesina y criminal , y los clamores de "GUERRA" castigo , algunos partidarios de MAGA exigieron la acción estatal contra los grupos activistas liberales legales . Debemos "destruir la red de patrocinio de ONG/donantes que permite y fomenta" la violencia de izquierda, declaró el candidato al Senado Blake Masters . Otros exigieron " investigaciones masivas de RICO"De multimillonarios de izquierda como George Soros y Bill Gates. Un joven impulsivo comparó explícitamente el asesinato de Kirk con el incendio del Reichstag e instó al arresto de todos los políticos demócratas.

Entonces, el pirómano en jefe intervino. "Durante años, la izquierda radical ha comparado a estadounidenses maravillosos como Charlie con nazis", dijo Trump en 
un discurso a la nación . "Este tipo de retórica es directamente responsable del terrorismo que estamos presenciando en nuestro país hoy, y debe cesar de inmediato. Mi administración encontrará a todos y cada uno de los que contribuyeron a esta atrocidad y a otros actos de violencia política, incluyendo a las organizaciones que la financian y apoyan, así como a quienes persiguen a nuestros jueces y agentes del orden".

Incluyendo las organizaciones que lo financian y apoyan. Cabe destacar que no había ningún sospechoso detenido cuando dijo eso (y seguía sin haberlo a las 4 p. m. del jueves), por lo que no tenía pruebas del motivo del asesino. Tampoco mencionó ningún ataque a figuras de izquierda en los últimos años en sus declaraciones; al parecer, su cruzada contra la violencia política será unilateral. Está tan entusiasmado con agitar esta camiseta ensangrentada como pretexto para perseguir a sus oponentes que no pudo esperar un día o dos a que se confirmara que el culpable es, en efecto, de izquierda. El hecho de que todos los demócratas prominentes del país, desde Barack Obama para abajo, se apresuraran a condenar el asesinato ayer por la tarde no importó en absoluto. Anoche

le comenté a un colega de Dispatch que si Kirk hubiera sido asesinado en un estado demócrata, pensé que el presidente ya habría enviado a los militares a ocupar la ciudad para castigar colectivamente a los residentes por el crimen del tirador. Afortunadamente para Utah, votó acertadamente el otoño pasado.

Lea el texto completo.

1

Sarah y yo grabamos el Pod Secreto esta mañana y notarán que intenté hablar solo con mucha generalidad sobre la situación y nada sobre Kirk. Sigo sin querer abordar el meollo del asunto sin poder ser prudente con mis palabras.

2

Si quieres deprimirte, mira lo larga que es esta lista de legisladores estatales negros asesinados.

3

El atentado de Oklahoma City. El tiroteo en el estadio de béisbol del Congreso. Los asesinatos de Melissa Hortman y su esposo. Obviamente, esta es una lista muy incompleta.

4

¿Qué tan malos fueron los años 70? Gerald Ford casi fue asesinado dos veces en diecisiete días .


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