Transcribo un artículo de Muñoz Molina. Las pruebas de la barbarie y las abundantes narraciones sobre las bestialidades israelitas perseguirán durante decenas de años al Occidente europeo. Es realmente increible ver tanta barbaridad como se está produciendo sin que se remuevan tajantemente los estados, los gobiernos, las ONG...
'' Pormenores del infierno. Antonio Muñoz Molina. 16-05-2026
Sin un motivo concreto el reportero
palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de soldados israelíes y llevado
a una prisión. En uno de esos corredores subterráneos con suelo de cemento y
puertas metálicas a los lados que son una especialidad universal de la
arquitectura carcelaria, a Sami al-Sai, que tenía los ojos vendados, lo arrojaron
al suelo y empezaron a darle golpes y patadas. Caído bocabajo,
le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y Al-Sai escuchó una carcajada
colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de los soldados, con
gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la porra. No estaba
siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos se ofrecía a
sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento otra voz dijo:
“No hagais fotos”. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano que sin duda
era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La mujer dijo:
“Esa parte es para mí”. Al cabo de un rato, cansados de diversión, o porque
tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una celda.
Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de vómitos
que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A otros
les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los
soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para Al-Sai
eso era una injuria a su oficio de periodista.
El caso de Samri al-Sai es uno de los
que recoge Nicholas Kristof en su columna semanal del The
New York Times. El Times es un diario al
que se acusa con frecuencia, y no sin motivo, de parcialidad en favor de
Israel, y Kristof, como algún otro de sus columnistas, escribe a veces y hasta
se comporta en sus viajes más como un dignatario internacional que como un
reportero. Es el efecto inevitable de trabajar para un medio tan poderoso y
para un público lector que abarca medio mundo. Pero cuando escribe sobre
guerras medio olvidadas y sobre catástrofes que son simas del sufrimiento
humano, Kristof adquiere una voz cercana y limpia de admoniciones, y estremece
con la seriedad de las cosas que cuenta y con un sentido de la justicia y el
ultraje, una compasión verdadera hacia las continuas matanzas de los inocentes
que lleva muchos años presenciando con sus propios ojos.
Cuando los presos palestinos salen
libres —en la libertad tan limitada de Gaza y los territorios ocupados— su
tormento no acaba. Sus torturadores les avisan de que si cuentan lo que han
vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus familias. Uno de los
supervivientes que había aceptado aparecer con su nombre en el artículo de
Kristof lo llamó unos días después para rogarle que lo borrara. En la sociedad
en la que viven esos hombres, confesar que han sufrido una violación será una
afrente a su honor masculino, y hasta puede perjudicar las oportunidades de
matrimonio de sus hermanas o sus hijas. La vejación llega al extremo de usar
perros adiestrados para que se ocupen de montar a los presos. Alguien filmó uno
de estos espectáculos y lo publicó en las redes sociales con gran éxito. “La
violencia sexual es parte de una política de Estado”, dice un informe de las
Naciones Unidas. Save the Children ha documentado violaciones de chicos entre
12 y 17 años. Las víctimas son mayoritariamente masculinas, pero
también hay casos abundantes de mujeres. La Cruz Roja no tiene
acceso a las prisiones ni a los centros de detención israelíes. Una mujer de 42
años le contó a Kristof que fue desnudada, atada bocarriba a una mesa y violada
repetidamente. A las presas palestinas se las desnuda para someterlas a registros
vejatorios que fácilmente terminan en una violación, y en repetidas visitas a
la celda de soldados varones y mujeres igualmente dispuestos a infligir nuevos
tormentos sexuales.
Una heroica organización pacifista israelí, B’Tselem,
mantiene una página web que no puede visitarse sin escándalo y
náusea. Welcome to Hell, se titula el informe de B’Tselem para
2026. Pero no hay infierno de la literatura que se aproxime ni de lejos a lo
que relatan esos testimonios. Cuenta Tamer Katmut, de 41 años, residente en
Gaza, preso ahora en una cárcel de fama siniestra en el desierto del Neguev:
“Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó dentro un minuto,
y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y yo grité hasta el
límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de nuevo y me dijo que
abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo lamiera”. Yuli
Novak, director ejecutivo de B’Tselem, cuenta en The Guardian la
furia con que ha sido recibido en Israel el informe de Nicholas Kristof, y
explica esa deriva inhumana de gente que parecía normal hasta que se le ofreció
la oportunidad de degradar sin peligro ni límite a sus semejantes
inermes. Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema
judicial de Israel, que hasta hace no mucho parecía un modelo de
independencia. Nueve soldados fueron castigados en 2024 cuando se hizo público
el vídeo tomado por ellos mismos de la violación colectiva que habían cometido.
Una multitud ciudadana, acompañada y alentada por dirigentes políticos, rodeó
la prisión y la tomó por asalto. Los soldados fueron liberados. Netanyahu los
calificó públicamente de héroes. Poco después los restituyeron en sus puestos
con todos los honores. El único que sufrió un castigo sin indulto fue el médico
militar que había filtrado el vídeo de la violación. No es una forma de tortura
que practiquen solo los militares: en los territorios ocupados de Cisjordania,
la violencia sexual sobre hombres, mujeres y niños la practican metódicamente
los colonos ultraortodoxos, sin duda inspirados por el trato hacia los enemigos
del pueblo de Israel que exige Jehová en varios libros del Antiguo Testamento,
en versículos que recitan de memoria los miembros más extremistas del Gobierno
israelí. El Deuteronomio da instrucciones precisas: “Pero de las ciudades de
estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con
vida/ sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo,
al ferezeo, al hebeo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado”.
Alta tecnología y teocracia. Carceleros
violando a presos con un palo y expertos en inteligencia artificial diseñando
bombardeos de exterminio y sistemas de reconocimiento facial para que no se
escape nunca ningún sospechoso. En un informe del Consejo de Derechos Humanos
de las Naciones Unidas de marzo de 2025 se enumeran los casos de violencia
sexual, reproductiva y de género cometidos por Israel tras el ataque terrorista
de Hamás el 7 de octubre de 2023. El 59% de los muertos palestinos son mujeres,
niños y viejos. Las mujeres lactantes o en fase de crianza son
objetivos permanentes de los militares israelíes, así como las
muy precarias maternidades de los hospitales. Tiradores de precisión eliminan
una a una a abuelas y madres que huyen con niños de un ataque, o que van en
busca de agua o comida. Una mujer a punto de dar a luz recibió un disparo
cuando se acercaba a un hospital, y los sanitarios no pudieron atenderla porque
el fuego continuo se lo impedía. La vieron agonizar y morir a unos pasos de
donde ellos estaban. Que haya israelíes con la suficiente decencia y coraje
para denunciar tantos crímenes resalta más el envilecimiento de esa inmensa
mayoría que según las encuestas apoya una campaña de exterminio que ni merece
el nombre de guerra porque es sobre todo una continua agresión militar contra
una población civil confinada entre ruinas y basuras. Pienso en eminentes escritores
israelíes a los que leí y admiré y me pregunto si en el silencio que han
elegido no habrá al menos una parte de vergüenza.''